Desorientados

Rafalé Guadalmedina

No conozco mejor forma de combatir el aburrimiento que perderse. Comencé a practicar esta actividad cuando dejé el nido y emprendí un periplo incierto de cambiar de ciudad cada dos o tres años. Algunas tardes, tras calentar la silla o el sofá según convenía mi horario laboral, echaba a andar sin rumbo, tomaba autobuses y trenes al azar buscando un punto en el que jamás hubiera estado antes. Solía aparecer en suburbios perfectos para ser raptado a placer, poblaciones fantasma y parajes donde los infieles empañaban los cristales del coche. Mi diversión consistía en regresar a casa tratando de adivinar cuál sería el camino más eficiente.


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